Innovación y liderazgo enfermero

Innovación y liderazgo enfermero

Las enfermeras no solo cuidan. Organizan, coordinan, investigan, innovan, forman, gestionan equipos y garantizan la continuidad asistencial. En definitiva, son líderes de la sanidad. Y es que, las enfermeras y los enfermeros son los profesionales que conocen de primera mano las necesidades de los pacientes y que, precisamente por esa visión integral, están llamadas a desempeñar un papel estratégico en la transformación de los sistemas sanitarios.

Un claro ejemplo de ese liderazgo enfermero, es la supervisión de enfermería del Hospital 12 de Octubre de Madrid que apuesta por un modelo asistencial integral en la Unidad de Cuidados Avanzados Respiratorios liderado por una enfermera.

Este liderazgo no se limita solo a la hospitalización, se extiende a las consultas especializadas, a los programas de hospitalización a domicilio, a la educación sanitaria, a la investigación y a la prevención. Cada vez son más las enfermeras que desarrollan perfiles de práctica avanzada capaces de responder a necesidades muy específicas, aportando autonomía profesional sin perder de vista el trabajo multidisciplinar que caracteriza a la sanidad moderna.

Cuando las enfermeras lideran procesos asistenciales se reduce la variabilidad clínica, mejora la coordinación entre niveles asistenciales, aumenta la adherencia terapéutica y se optimizan los recursos disponibles. Pero, sobre todo, mejora la experiencia del paciente porque saben que la clave está en colocar al paciente en el centro del sistema.

Del discurso al liderazgo real de los cuidados

Del discurso al liderazgo real de los cuidados

*Por José Antonio Ávila Olivares, secretario del Colegio de Enfermería de Alicante

La reciente modificación de la regulación del Comité de Cuidados de Enfermería de la Comunidad Valenciana es una buena noticia. Durante años, la Enfermería ha reclamado que los cuidados dejaran de ocupar un lugar secundario en la planificación sanitaria y formen parte de las decisiones estratégicas del sistema. Es un paso importante en esa dirección y merece ser reconocido.

El consejero de Sanidad ha afirmado que el Comité representa «la consolidación de un compromiso ético, científico y profesional con la salud de las personas» y que invertir en el liderazgo de los cuidados es avanzar hacia una sanidad más segura, eficiente, humana y sostenible. Son palabras con las que resulta fácil coincidir. La cuestión ya no es el diagnóstico, sino si estamos dispuestos a adoptar las decisiones que ese diagnóstico exige. Porque el liderazgo no se proclama; se ejerce.

Los desafíos globales comunes son: envejecimiento de la población, aumento de la cronicidad, pacientes con múltiples patologías y una creciente demanda de atención domiciliaria, comunitaria y sociosanitaria. Retos que tienen un denominador común: requieren más y mejores cuidados. Y hablar de cuidados es hablar, inevitablemente, de Enfermería.

La creación del Comité constituye una oportunidad, pero no resolverá por sí sola problemas estructurales que llevan décadas pendientes. Ahora hay que demostrar que se cree en el liderazgo de los cuidados.
Eso implica que la Enfermería esté donde se toman las decisiones estratégicas y no solo donde se formulan recomendaciones. Significa dotarla de capacidad ejecutiva e influencia real sobre la planificación sanitaria.

Desde el Colegio de Enfermería de Alicante consideramos que este Comité debería ser el primer paso hacia una estructura mucho más ambiciosa: una Dirección General de Cuidados. No sería una innovación extravagante, sino la adaptación de un modelo que ya funciona en otras comunidades y que responde a una realidad incontestable: los cuidados constituyen hoy uno de los principales pilares sobre los que se sostiene cualquier sistema sanitario moderno.

Parece coherente que el principal órgano estratégico sobre cuidados esté presidido por un profesional de Enfermería. No por una cuestión identitaria ni corporativa, sino por coherencia. Quien lidera las políticas de cuidados debería pertenecer a la profesión que posee la competencia científica, técnica y asistencial para planificarlos, desarrollarlos y evaluarlos.

Las declaraciones también deben traducirse en decisiones organizativas. Es difícil hablar de liderazgo mientras continúa vacante la Jefatura del Servicio de Desarrollo de Competencias de Enfermería Comunitaria, Hospitalaria y Unidades de Apoyo. Si ese servicio ha sido, como señala la propia Conselleria, clave para impulsar este Comité, reforzarlo cuanto antes con un liderazgo estable debería ser una prioridad.

Pero quizá el mayor examen de credibilidad llegará cuando el Comité aborde una de las funciones que la propia resolución le atribuye: la planificación de los recursos humanos y la adecuación de las ratios de enfermeras. Porque las cifras son tozudas.

La Comunitat Valenciana sigue por debajo de la media española en número de enfermeras por habitante y la provincia de Alicante presenta una situación especialmente preocupante, con apenas 4,88 enfermeras por cada mil habitantes, muy lejos de la ratio nacional y europea. Ninguna estrategia de cuidados será plenamente eficaz mientras quienes deben prestarlos continúen siendo insuficientes.

La solución tampoco pasa solo por aumentar el número de estudiantes de Enfermería. Formar profesionales para que posteriormente desarrollen su carrera en otras comunidades autónomas o en otros países supone una pérdida de talento y de inversión pública. Hay que crear empleo estructural, estable y atractivo que permita retener talento.

Pero hay otra asignatura pendiente: la implantación efectiva de las especialidades de Enfermería. Reguladas desde hace más de veinte años, siguen sin incorporarse plenamente al sistema sanitario. Antes de abrir nuevos modelos de práctica avanzada, sería razonable desarrollar los ya previstos por la legislación, o por lo menos hacerlo de forma paralela.

Asimismo, sería positivo que el Comité ampliara su composición incorporando representantes de Salud Pública, Emergencias Sanitarias, Enfermería del Trabajo, atención sociosanitaria, universidades, sociedades científicas y colegios profesionales. Una política de cuidados solo será sólida si integra todas las perspectivas implicadas.

Por último, incomprensiblemente persiste el obstáculo de la vigencia parcial del Estatuto del Personal Sanitario no Facultativo de 1973. Es paradójico querer construir una Enfermería del siglo XXI manteniendo parcialmente vivo un modelo organizativo concebido hace más de medio siglo, cuando la profesión ocupaba un papel muy distinto al que hoy le reconocen la legislación, la universidad y la sociedad. La derogación de esa norma dejó es una necesidad institucional.

Sería un error conformarse con el importante paso dado. La diferencia entre una reforma administrativa y una auténtica política de cuidados no es crear un comité, es convertir sus propuestas en decisiones, dotarlas de recursos y situar definitivamente a la Enfermería en el lugar que le corresponde dentro de la planificación sanitaria.

Los cuidados representan uno de los grandes desafíos de la sanidad del futuro. La cuestión ya no es si la Enfermería debe liderarlos, sino si las administraciones están dispuestas a confiar realmente en ese liderazgo. Porque fortalecer la Enfermería nunca ha sido un objetivo corporativo, sino una condición imprescindible para ofrecer una asistencia más segura, más eficiente y, sobre todo, más humana.

Ceuta y las lecciones olvidadas de la pandemia

Ceuta y las lecciones olvidadas de la pandemia

La invasión de inmigrantes ilegales de Ceuta espoleada este verano por Marruecos ha convertido a la ciudad autónoma en un polvorín sanitario de primera magnitud, que recuerda en cierta forma al que estalló en el conjunto del país durante la pandemia de covid, allá por 2020. Al igual que ocurrió en aquella ocasión, la situación sobrevenida extraordinaria ha cogido a las autoridades con los deberes sin hacer, destapando unas carencias estructurales del sistema de las que ya venían avisando expertos y organizaciones profesionales de todo tipo en toda suerte de foros de debate y opinión. La principal, quizás, es la falta de sanitarios suficientes para hacer frente a la presión asistencial normal y, desde luego, para atender avalanchas como las que han saturado la ciudad, y la incapacidad manifiesta para improvisar soluciones al problema sobre la propia marcha.

Más allá sobre debates terminológicos acerca de si ha habido o no desbordamiento asistencial o incluso colapso, lo cierto y verdad es que los dispositivos sanitarios existentes en la ciudad y los sanitarios que ejercen en ellos no han dado abasto para atender la riada de personas llegada desde el país vecino. Más de un mes después, la opinión de todos los colectivos es unánime. Las enfermeras hablan directamente de “saturación de recursos públicos masiva” y de “una extrema presión asistencial” que está dejando “consecuencias irreversibles en los profesionales”. El Colegio de Enfermería de Ceuta ha llegado cuantificar el volumen de trabajo, cifrándolo por ejemplo en 200 asistencias diarias con picos de 1.600 intervenciones, asumiendo una carga asistencial de entre 14 y 16 pacientes por enfermera y turnos de trabajo que exceden hasta en cuatro horas la jornada prevista.

“Una carga de trabajo que deja a las enfermeras ceutíes exhaustas, sin recursos y al límite”, apostillan, alertando además del riesgo de brotes como los que ya se están registrando de gastroenteritis aguda o sarna. Quejas que llegan también desde el lado médico, lo que da cuenta del consenso profesional sobre el estado real de la situación. Su sindicato profesional, la CESM, habla de “emergencia asistencial” y revela que las urgencias del hospital han funcionado durante el periodo estival vacacional, la operación paso del Estrecho y la actual presión migratoria “con apenas siete médicos y sin refuerzo médico suficiente, mientras el número de asistencias se ha multiplicado”. ¿Qué remedios existen para casos como éste? No existe ninguno mágico, pero sí un conjunto de recetas avaladas por todo el sector que se plasmaron en las conclusiones de la Comisión para la Reconstrucción surgida a raíz de la pandemia. Todas ellas forman parte de un documento con acciones que deberían implementarse tras lo ocurrido en aquellas fechas. La crisis de Ceuta ha revelado de un plumazo que dicho documento quedó solo como papel mojado y que pocas, por no decir ninguna de las medidas recomendadas, llegó a implementarse.

PREGUNTAS CON RESPUESTA

– ¿Qué Consejería de Sanidad de una autonomía socialista se muestra muy crítica con la labor del Ministerio de Mónica Garcia en Ceuta?
– ¿Qué próximo evento con marchamo oficial está despertando recelos entre un gran número de invitados? ¿Por qué?
– ¿Qué conocido personaje sanitario asiduo a eventos del sector ha sido apartado de sus funciones?
– ¿Qué ex directivo de la industria farmacéutica muy conocido en el sector echa pestes del actual Ministerio por asuntos que no tienen que ver con los medicamentos?

Guerra de guerrillas entre autonomias por la falta de personal

Guerra de guerrillas entre autonomias por la falta de personal

La movilidad geográfica laboral ha sido defendida siempre con vehemencia por la mayor parte de los economistas a lo largo de la historia reciente. El consenso generalizado es que, en líneas generales, constituye un mecanismo de ajuste positivo para el mercado de trabajo que permite equilibrar el empleo en regiones deprimidas y zonas con alta demanda del mismo, potenciar la productividad general y reducir al mismo tiempo el paro sin generar con ello tensiones inflacionistas. Esta postura doctrinal, mayoritariamente cierta, oculta, sin embargo, riesgos inherentes para los propios protagonistas de la movilidad y para la economía en su conjunto. Su uso erróneo o abusivo como herramienta de planificación puede disparar precisamente, por ejemplo, la brecha territorial entre las llamadas regiones tractoras y aquellas que están en declive, favorecer la fuga de talentos si no existen políticas adecuadas para retenerlos, generar desarraigo familiar y disparar incluso los precios, al tensionar los servicios y el mercado de la vivienda si este se encuentra deteriorado, como es el caso en España.

Algunos de estos peligros han empezado a aflorar en el sistema sanitario, en donde la ausencia de una planificación acertada de los recursos humanos y de una regulación unitaria que siente las reglas básicas de juego ha hecho que la cobertura de plazas se rija por una suerte de ley de la jungla y la movilidad geográfica se convierta en un “mercadeo de personas”, como denuncian el sindicato Satse y las organizaciones colegiales. La angustiosa falta de personal en algunos servicios de salud ha desatado de hecho una auténtica guerra de guerrillas entre consejerías, que actúan como si fueran clubes de fútbol a la caza de fichajes. El problema desaparece a corto plazo con ello en unas regiones, pero se agranda en otras.

Es un pan para hoy en algunas autonomías y hambre para mañana en el resto, como apunta con acierto la organización sindical, que evidencia la falta de coherencia en la planificación de la política de personal en el conjunto del Estado como causante principal de este desbarajuste. La gravísima crisis desatada en Ceuta este mes de agosto tras la invasión de inmigrantes ilegales procedentes de Marruecos ha puesto en primer plano este problema latente también en otras partes de España. La avalancha ha acrecentado la falta estructural de profesionales cualificados que ya existía en la ciudad autónoma, dejando en evidencia la impericia del Instituto Nacional de Gestión Sanitaria (Ingesa), el organismo al que el Ministerio de Sanidad ha encomendado la gestión de la asistencia en esa zona de España, en donde las competencias no se encuentran transferidas. Una de las bases para arreglar este desaguisado para por la información, pues sin ella no cabe planificación correcta alguna. Urge por ello un registro que informe en tiempo real de los recursos existentes y urgen incentivos económicos para retenerlos en España.

PREGUNTAS CON RESPUESTA

– ¿Qué directiva de una organización profesional sanitaria volcada con los pacientes ha sufrido un robo este mes de agosto en su domicilio de una localidad a las afueras de Madrid?
– ¿Qué alto cargo del Ministerio de Sanidad se jacta de que la Airef ha dado un espaldarazo definitivo a una norma que, sin embargo, no va a ver nunca la luz?
– ¿Qué consejero de Sanidad siente animadversión personal y no solo política hacia la ministra de Sanidad? ¿Por qué?
– ¿Qué exconsejero de Sanidad del PP está ganando mucho peso en el partido? ¿Qué mujer próxima a Núñez Feijóo le avala?

¿Un recuerdo insuperable o una lesión irreversible?

¿Un recuerdo insuperable o una lesión irreversible?

En los próximos tres años vamos a presenciar tres eclipses solares que serán fácilmente observables en España. Nunca antes la Península se había enfrentado a un hito astronómico de tal envergadura. La observación de estos eventos es fascinante, pero la seguridad visual se convierte en un factor crítico y la diferencia entre un recuerdo insuperable y una lesión irreversible.

El principal riesgo al que nos enfrentamos es a la retinopatía solar, una lesión fácilmente prevenible, pero sin cura aparente. La falta de prevención es uno de los principales factores que explican el incremento de lesiones o enfermedades oculares entre la población, pero no es el único. La escasa concienciación, las revisiones insuficientes o los malos hábitos de vida, así como la cronicidad de la población influyen en el cuidado de la visión.

Por eso sigue siendo imprescindible la labor de prevención y educación para la salud por parte de las enfermeras, ya que, aunque España ha avanzado en el cuidado de la visión, la prevención sigue siendo una asignatura pendiente. Muchas lesiones graves de la visión continúan produciéndose por desconocimiento de los riesgos y la falta de hábitos preventivos. Y es que la población todavía no percibe que acciones como mirar un eclipse sin protección, exponerse a la radiación UV sin gafas homologadas o no protegerse en determinados trabajos puede causar daños graves y permanentes.

En el caso de fenómenos tan irrepetibles como son los eclipses, el problema no reside en que cada año aumenten las lesiones, sino que las que aparecen son absolutamente evitables si se siguen las recomendaciones de protección adecuadas. Como enfermeras tenemos la obligación de alertar de los potenciales riesgos para así prevenir daños irreversibles en la salud visual de la población. A través de la evidencia científica informamos de la importancia del buen uso de los medios de prevención y los protocolos a seguir en caso de daño ocular. Ahí reside la importancia de nuestra labor preventiva.

La letra pequeña de la Agencia de Salud Pública

La letra pequeña de la Agencia de Salud Pública

La Agencia Estatal de Salud Pública que estará plenamente operativa durante la próxima legislatura, tras la reciente designación de Zaragoza como sede central, constituye en principio una excelente noticia para el sistema sanitario español. A pesar de las alabanzas públicas que recibía, dicho sistema mostró sus verdaderas costuras durante la pandemia de covid. En un país descentralizado, y con la asistencia y las competencias en Salud Publica transferidas, prácticamente existían 17 modelos diferentes de dar respuesta a las amenazas eventuales para la salud cuando estalló el virus. Como pudo apreciarse entonces, el Ministerio de Sanidad carecía de recursos suficientes para prevención, protección y diagnostico.

El Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias (Ccaes) sufría una falta de personal especializado evidente y la propia estructura de la Dirección General de Salud Pública no estaba preparada para afrontar eventuales episodios críticos como el que sacudió a nuestro país y al mundo entero. Tampoco andaban sobradas las consejerías autonómicas, en donde no había sistemas eficientes de contabilización de casos o de ocupación de camas en tiempo real, ni equipos de protección, antivirales apalabrados o rastreadores. Por no contar, España no contaba con una reserva estratégica de medicamentos o materiales como respiradores o simples mascarillas. El desorden convirtió la respuesta en un caos y la sanidad en una jungla en la que, en lugar de coordinarse, las administraciones se declaraban la guerra por ofrecer mejores cifras en la domesticación de la curva y en la adquisición de productos sanitarios. Tampoco el Consejo Interterritorial resultó especialmente operativo, demostrándose la necesidad de una reforma profunda del máximo órgano de coordinación sanitaria autonómica que, por desgracia, aún no se ha producido.

Sólo la solidaridad entre consejeros y la buena voluntad de los técnicos permitió llegar a acuerdos imprescindibles para mantener la maquinaria en marcha. La futura Agencia Estatal viene a suplir estas carencias, aunque su nacimiento no ha estado exento de obstáculos y retrasos innecesarios. Seis años después de que Salvador Illa, entonces ministro, prometiera su puesta en marcha, está ya a pocos pasos de ver la luz. Como sucede con todo, la letra pequeña de este nuevo órgano determinará si dicha agencia será o no capaz de responder a las expectativas. A día de hoy, esta nueva instancia carece de estatutos y de equipo directivo, y se ignora aún el presupuesto con el que deberá afrontar su trabajo. De nada vale disponer de una fachada si la casa por dentro está vacía. Se ignora también cuáles serán los mecanismos de coordinación con las autonomías y cuál será su relación con los profesionales sanitarios. Un buen modelo sería el de la Organización Nacional de Trasplantes que levantó Rafael Matesanz. Ir en otra dirección abocaría a la agencia al fracaso. Las enfermeras han de ocupar un papel clave en este proceso como agentes de prevención, detección precoz y cuidados ante posibles riesgos.

PREGUNTAS CON RESPUESTA

– ¿De qué jugada que ha hecho el Gobierno en materia sanitaria todavía no se ha enterado el PP?
– ¿Qué presidente de una corporación profesional está sufriendo problemas personales y laborales por sus férreos planteamientos?
– ¿Qué aseguradora sanitaria está en la inopia desde que perdieron peso en ella dos sanitarios históricos?
– ¿En qué Consejería que no es del PP cunde un gran enfado contra la ministra? ¿Por qué?

Cómo abortar la fuga de enfermeras al extranjero

Cómo abortar la fuga de enfermeras al extranjero

La Sanidad española tiene un problema estructural de base: no resulta especialmente atractiva para los que trabajan en ella. La sobrecarga asistencial, la paulatina degradación laboral y los salarios raquíticos hacen mella en los profesionales e impactan de lleno en el sistema, produciendo un efecto perverso: su fuga hacia otras latitudes en busca de las condiciones que aquí se les niegan. Este efecto perverso resulta particularmente grave en la enfermería, en donde el número de profesionales que se plantea ejercer en el extranjero no para de crecer. Los datos de solicitantes del certificado de buena conducta requerido para trabajar fuera de nuestra geografía en el año 2025 son, desde luego, demoledores. (más…)

Guerra de guerrillas entre autonomias por la falta de personal

Cuando se silencia la voz de los cuidados: las enfermeras deben liderar la transformación del sistema sanitario

Las recientes modificaciones de los organigramas en diversos hospitales, con la reducción o desaparición de direcciones de enfermería, han reabierto un debate que trasciende lo organizativo. No se trata únicamente de quién ocupa un puesto directivo ni de cómo se distribuyen las responsabilidades dentro de una institución. Lo que realmente está en juego es el modelo de sanidad que queremos construir y el lugar que otorgamos a los cuidados como elemento vertebrador de la atención sanitaria. (más…)

Sin camas en verano… y sin enfermeras

Sin camas en verano… y sin enfermeras

En la Sanidad española se vienen sucediendo dos principios inmutables desde el principio de los tiempos: el cierre de camas hospitalarias en verano y el aumento progresivo de las listas de espera. Pese al preocupante incremento de pacientes que aguardan el acceso a una consulta o a una intervención quirúrgica, hoy en niveles récord, las administraciones de todos los signos rehúyen la puesta en marcha de drásticos planes de choque y ahondan incluso en la búsqueda de ahorros durante la época estival. (más…)

Diez años formando manos que salvan vidas gracias a la RCP

Diez años formando manos que salvan vidas gracias a la RCP

*Por Francisco Gómez Vitero, cicepresidente del Colegio de Enfermería de Alicante y coordinador de su Escuela de RCP

Diez años pueden pasar desapercibidos o pueden dejar huella. En el caso de la Escuela de Reanimación Cardiopulmonar (RCP) del Colegio de Enfermería de Alicante, este décimo aniversario que se cumple este año marca algo más profundo que una efeméride: señala una transformación real en la forma en que la sociedad alicantina —en toda la provincia— se enfrenta a una de las emergencias más graves y universales, la parada cardiorrespiratoria.

En esta década, más de 4.500 personas han recibido formación en RCP, combinando a profesionales sanitarios con ciudadanía en general. Detrás de esta cifra hay miles de personas capacitadas para reconocer una situación crítica, activar el sistema de emergencias y actuar en esos primeros minutos que son decisivos para la supervivencia. No se trata solo de aprender una técnica, sino de ganar tiempo, reducir el miedo a intervenir y convertir a cualquier testigo en un posible eslabón de la cadena de supervivencia.

Uno de los grandes aciertos de la Escuela ha sido su clara vocación provincial. La actividad formativa no se ha concentrado únicamente en la capital, sino que se ha extendido a diferentes municipios, con una presencia destacada en ciudades como Elche, donde se han desarrollado numerosas acciones dirigidas a colectivos ciudadanos, centros educativos, entidades sociales y ámbitos deportivos. Esta descentralización ha permitido que el mensaje llegue allí donde realmente se necesita: donde vive la gente, donde ocurren las emergencias y donde cada minuto cuenta.

El impacto del proyecto también se explica por su capacidad para tejer alianzas con el tejido social. La colaboración con entidades tan arraigadas como la Federación de Hogueras de San Juan o con el fútbol base del Hércules demuestra que la prevención y la formación en salud no tienen por qué quedarse en aulas o congresos. Fiestas populares, deporte base y eventos comunitarios se han convertido en espacios de aprendizaje, normalizando la RCP como una habilidad ciudadana básica, tan necesaria como saber llamar al 112.

Este modelo, además, ha trascendido el ámbito provincial. El hecho de que otros colegios profesionales, como el Colegio de Enfermería de Álava, hayan replicado la iniciativa confirma que no estamos ante una experiencia puntual, sino ante un proyecto sólido, exportable y con resultados visibles. Cuando una idea se imita, es porque responde a una necesidad real y porque ha sabido dar una respuesta eficaz.

Más allá de los números, el verdadero valor de estos diez años reside en el cambio cultural que se ha generado. La RCP ha dejado de percibirse como una maniobra exclusiva de sanitarios para convertirse en una responsabilidad compartida. Y en ese proceso, las enfermeras hemos reforzado nuestro papel como agente clave de salud comunitaria: cercanas, accesibles y comprometidas con la prevención y la educación sanitaria.

Celebrar este aniversario no es un punto final, sino un impulso para seguir avanzando. Ampliar la formación, reforzar la actualización de conocimientos, acercar la RCP a más colectivos y seguir visibilizando el uso del desfibrilador son retos ineludibles. Porque una sociedad formada es una sociedad más segura.

Hoy, la provincia de Alicante cuenta con miles de manos más preparadas que hace diez años para responder ante una emergencia vital. Y eso, en un contexto donde la rapidez de actuación puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte, es un logro colectivo del que sentirse orgullosos.

El paciente como centro, no como territorio

El paciente como centro, no como territorio

*Por Montserrat Angulo Perea, presidenta del Colegio de Enfermería de Alicante

Hay titulares que predisponen al lector antes incluso de comenzar a leerlos: “Médicos en tierra hostil” es el titular de un artículo publicado en un medio de comunicación que contiene preocupaciones legítimas sobre las condiciones laborales, la sobrecarga, la responsabilidad profesional y demás de los médicos. Sin embargo, cuando sitúa la autonomía de Enfermería entre las causas de esa hostilidad, el diagnóstico deja de ser certero y se convierte en trasnochado.
La sanidad española tiene problemas graves, pero ninguno se resolverá trazando fronteras defensivas entre profesiones sanitarias. No sobran competencias enfermeras ni faltan espacios reservados para los médicos. Faltan profesionales, tiempo, planificación, estabilidad, reconocimiento y modelos organizativos con criterios objetivos capaces de aprovechar adecuadamente el conocimiento de cada disciplina.
Enfermería, desde hace muchos años, ya no es una profesión delegada o subordinada de la de Medicina. Tampoco una categoría creada para descargar tareas médicas cuando escasean facultativos. Su objeto profesional es el cuidado de las personas sanas o enfermas, las familias y las comunidades: valorar necesidades, prescribir en su ámbito competencial, identificar respuestas humanas ante los problemas de salud, emitir diagnósticos enfermeros, planificar intervenciones, prevenir complicaciones, educar para la salud, evaluar resultados y garantizar la continuidad asistencial.
Así lo reconoce la legislación sanitaria. La Ley de Ordenación de las Profesiones Sanitarias atribuye a las enfermeras la dirección, evaluación y prestación de los cuidados orientados a la promoción, mantenimiento y recuperación de la salud y a la prevención de enfermedades y discapacidades. La misma norma establece que la atención integral exige cooperación multidisciplinar, integración de procesos y continuidad asistencial, evitando la simple superposición de actuaciones profesionales.
Del mismo modo, conviene recordar que la capacidad para dirigir, coordinar o gestionar procesos asistenciales no deriva exclusivamente de la posesión de un título universitario. La gestión sanitaria exige competencias específicas en organización, tener liderazgo, saber planificar, realizar evaluación de resultados y gestionar recursos. Gestionar y organizar no es una consecuencia automática de una categoría profesional, sino de la preparación y la capacidad demostrada para asumir esas funciones.
Por tanto, la cuestión no es decidir qué profesión está por encima de otra, sino determinar qué necesita el paciente, quién posee la competencia para proporcionárselo, cómo se coordinan las distintas intervenciones y también las necesidades del sistema.
Resulta especialmente discutible presentar la prescripción enfermera de medicamentos como un intento de desplazar funciones para abaratar costes. Las enfermeras llevan décadas tomando decisiones clínicas relacionadas con vacunas, heridas, ostomías, diabetes, dolor, anticoagulación, cuidados paliativos o seguimiento de procesos crónicos. No porque pretendan convertirse en médicos, sino porque esas decisiones forman parte de la atención que prestan diariamente.
La denominada prescripción enfermera no es una apropiación clandestina de competencias. Está regulada legalmente y permite indicar y autorizar la dispensación de medicamentos no sujetos a prescripción médica y productos sanitarios, y contempla actuaciones sobre determinados medicamentos sujetos a prescripción dentro de protocolos y guías aprobados. Exige, además, la correspondiente acreditación profesional.
Existen guías para ámbitos concretos, como las heridas, la diabetes, la hipertensión, la fiebre, la deshabituación tabáquica o determinados procedimientos diagnósticos y terapéuticos. Estas guías no convierten a la enfermera en una ejecutora automática ni suprimen el juicio clínico. Delimitan escenarios, criterios de actuación, signos de alarma, seguimiento y situaciones que requieren valoración médica. Son instrumentos de seguridad y coordinación, elaborados con participación institucional y profesional, no fórmulas improvisadas para reemplazar facultativos.
Es cierto, como afirma el autor del artículo en cuestión, que ningún protocolo puede prever todas las situaciones. Pero eso ocurre en Medicina, en Enfermería y en cualquier profesión sanitaria. Las guías orientan; el profesional valora. Cuando un caso se aparta de lo previsto, se reevalúa, se deriva o se solicita la intervención de otro profesional. Precisamente para eso se necesitan equipos que se comuniquen y reconozcan mutuamente, no estructuras en las que todo deba ascender jerárquicamente hasta una única profesión.
También conviene distinguir entre compartir determinados ámbitos de actuación y afirmar que todas las profesiones son equivalentes. No lo son. Tienen formaciones, objetos de conocimiento y responsabilidades diferentes. Pero la diferencia no implica subordinación ni establece una jerarquía general de valor. Un diagnóstico médico y un diagnóstico enfermero no son intercambiables porque responden a preguntas distintas. El primero identifica enfermedades o procesos patológicos; el segundo analiza respuestas y necesidades de cuidados sobre las que la enfermera puede intervenir autónomamente. Ambos resultan imprescindibles para la misma persona.
El autor del artículo se pregunta qué ocurriría si alguien saliera mal parado tras ser atendido por otros profesionales y sostiene que, al final, el médico acaba siendo juzgado por decisiones que quizá no tomó. La responsabilidad no puede atribuirse por defecto al médico, pero tampoco puede utilizarse ese temor para negar capacidad de decisión a quienes cuentan con formación, regulación y competencias propias. La culpa será del negligente, sea médico, enfermera o cualquier otro profesional.
Dentro de la profesión existen especialidades con competencias avanzadas y ámbitos de actuación propios. Un ejemplo es el de las matronas, especialistas de Enfermería que desarrollan de manera autónoma la atención al embarazo, parto y puerperio de bajo riesgo. Esta actividad implica la valoración clínica, la toma de decisiones y la asunción directa de responsabilidades sobre la salud materna y neonatal. Se trata de una práctica de elevada complejidad y riesgo profesional, como otras muchas que realizan las enfermeras en todas sus especialidades, donde la autonomía va necesariamente acompañada de responsabilidad. De hecho, cuando se producen reclamaciones judiciales relacionadas con la atención obstétrica, resulta habitual que las demandas se dirijan tanto contra la matrona como contra el ginecólogo, precisamente porque cada profesional responde de las actuaciones realizadas dentro de su ámbito competencial. La existencia de responsabilidades compartidas demuestra que la autonomía enfermera no supone ausencia de control ni transferencia automática de responsabilidad a otros profesionales.
El artículo pregunta dónde empieza la responsabilidad médica y dónde debe situarse la Enfermería. La respuesta no debería buscarse en antiguos límites corporativos, sino en la legislación, la formación acreditada, la evidencia científica y las necesidades de la población. La Enfermería debe estar allí donde sus competencias aporten seguridad, accesibilidad, prevención, seguimiento y continuidad. Ni un paso más allá de su preparación, pero tampoco un paso por detrás de ella.
Los médicos tienen motivos para reclamar mejores condiciones, menos burocracia, plantillas suficientes, tiempo para atender y una regulación laboral justa. Las enfermeras también. La profesión médica no pierde valor porque la Enfermería avance. Tampoco se protege al paciente reduciendo la capacidad resolutiva de las enfermeras. Se le protege asegurando que cada profesional actúe con formación suficiente, límites claros, recursos adecuados, comunicación efectiva y responsabilidad propia.
Por el contrario, este ataque continuo que algunos médicos realizan hacia las enfermeras y su trabajo, solo es síntoma de egoísmo, frustración, incapacidad para resolver sus problemas y, sobre todo, mediocridad y ser cortos de miras profesionales.
La verdadera tierra hostil no está formada por enfermeras que desarrollan sus competencias. Está en las agendas imposibles, las sustituciones que no llegan, los contratos precarios, la fragmentación asistencial, la burocracia inútil y la ausencia de tiempo para escuchar. Convertir a otra profesión sanitaria en parte del problema puede aliviar momentáneamente el malestar corporativo, pero no resolverá ninguna de esas carencias.
Médicos y enfermeras no deberían disputarse el territorio. El territorio es del paciente. Y nuestra obligación común no es conquistarlo, sino cuidarlo.