El Sistema Nacional de Salud (SNS) se encuentra en una encrucijada crítica. La presión asistencial fruto del envejecimiento de la población lleva años disparada y los recursos para satisfacerla han crecido a un ritmo muy inferior. Aunque las autoridades han tratado de sortear dicho desajuste a base de trampas, dilatando por ejemplo la llegada de nuevos medicamentos y equipos tecnológicos más eficaces pero más caros, o escatimando gastos, el resultado resulta visible para todos: las listas de espera para consultas, pruebas diagnósticas y cirugías se encuentran desbocadas en todo el país. No solo en número de pacientes sino, lo que es más grave, en los tiempos de demora, mucho más importantes para calibrar la verdadera dimensión del drama.
En un entorno de recursos limitados, en palabras de los economistas de la salud, la única posibilidad de revertir esta tendencia es introducir reformas originales que no impliquen incrementos sensibles del gasto. Reformas que permitan optimizar recursos y tampoco empeoren o incluso mejoren la atención a los pacientes. ¿Son posibles dichas reformas sin que ello suponga poner patas arriba el modelo vigente? Sí. En su excelente aunque por desgracia no suficientemente conocido Curso de Gestión de Proyectos, la Sociedad Española de Directivos de la Salud (Sedisa) nos ofrece cada año, en colaboración con decenas de profesionales de todos los servicios de salud, pequeñas recetas imaginativas e innovadoras para agilizar la asistencia sanitaria eliminando pasos redundantes, minimizando la burocracia y empoderando más a los trabajadores, los auténticos motores del sistema.
Se trata de cambios organizativos para adaptar los centros sanitarios a un nuevo tipo de demanda, mucho más cronificada y exigente, y afectan desde a los sistemas de citación hasta a los métodos de eliminación de residuos, pasando por el acompañamiento del paciente por las instalaciones en las que ha de recibir su terapia. Resulta increíble comprobar cómo impactan en la eficiencia del sistema ligeros retoques organizativos dentro del encorsetado modelo vigente. Otra reforma clave en este entorno de recursos limitados es la llamada prescripción enfermera. Impedir que la enfermería actúe con la medicación durante el seguimiento colaborativo en determinados tratamientos individualizados en personas con infección urinaria, como ha hecho la Audiencia Nacional sin entrar en el fondo de la cuestión, en respuesta a la demanda corporativa de los médicos, no sólo no contribuirá a mejorar la atención de los afectados sino que perpetuará las esperas y congestionará aún más el sistema.
Si la prescripción enfermera, dentro de sus competencias, ha demostrado en numerosos países de nuestro entorno que es capaz de optimizar los circuitos asistenciales y de mejorar la continuidad de los cuidados, la prevención y el seguimiento terapéutico de los pacientes, ¿por qué no termina generalizarse en España? ¿De verdad hay que esperar a una reforma normativa como la de la Ley del Medicamento para que algo tan elemental pueda llevarse a cabo?
PREGUNTAS CON RESPUESTA
¿Qué especialidad médica está en armas con un alto cargo del Ministerio de Sanidad que no es ni la ministra ni su número 2? ¿Por qué?
¿Qué consejero de Sanidad del PP recela del escaso peso que le concede esta formación en relación a colegas suyos de otras autonomías populares?
¿Qué error de principiante ha cometido un headhunter en el fichaje de un directivo para una empresa muy conocida?
¿Qué dos exdirectivos extranjeros de dos multinacionales farmacéuticas trabaron una gran amistad durante su paso por España, país del que han quedado enamorados?









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