Ahora que se aproximan las elecciones generales, no son pocas las voces que reclaman un pacto de Estado sanitario. La intensa polarización no ayuda, desde luego, a apuntalar el sistema y el acuerdo en algunas parcelas básicas entre los principales partidos permitiría excluirlo de la tormenta política que se ha desatado en España. Sus actuales debilidades y el grave riesgo de que se agranden deberían invitar a ello. Es claro, por ejemplo, que hacen falta muchos más fondos y una mejora de la planificación que subsane la carestía de profesionales en algunas especialidades. A partir de ahí, todo es negociable, hasta el uso de la gestión privada en los dispositivos asistenciales de titularidad pública.
Si sus defensores asumen la implantación de férreos sistemas de control y sus detractores los aceptan, ¿por qué satanizar este tipo de colaboración y renunciar a aplicarla? Sea como fuere, este desiderátum tiene escaso recorrido y es más un bindis al sol y un tema para el debate etéreo que una posibilidad factible porque la utilización de la sanidad como arma política constituye una tentación demasiado fácil para los integrantes de todas las facciones en liza. Los precedentes no invitan precisamente al optimismo. Los que entramos en edad provecta conocimos de primera mano en qué acabó el informe de la Comisión Abril pese a que muchas de sus controvertidas reivindicaciones de entonces son hoy ampliamente avaladas por verdaderos expertos de todo signo y condición. Nadie se atrevió a ponerle el cascabel al gato y aquel compendio de soluciones sanitarias acabó relegado en un cajón.
También lo hizo el informe de la ponencia parlamentaria que se activó en época de José Manuel Romay en Sanidad y Alberto Núñez Feijóo en el Insalud para tratar de anticiparse a los desafíos que vendrían después. Los intentos posteriores de un pacto de Estado o de un remedo de acuerdo quedaron asimismo en nada. El fracaso fue una constante, con independencia de que el promotor fuera la derecha o la izquierda. El último ejemplo de esa estéril intento de remozar la sanidad partiendo de un acuerdo más o menos consensuado se produjo al hilo de la pandemia de covid, en la afamada Comisión de la Reconstrucción que se impulsó también en sede parlamentaria.
Decenas de expertos y representantes profesionales que pasaron por ella coincidieron en las soluciones para la sanidad tras la demostración de fragilidad que demostró en esas fechas fatídicas y los partidos pusieron su sello a las recomendaciones, algunas de ellas bastante más atrevidas de lo que hubiera podido esperarse. A pesar del alto grado de consenso alcanzado, aquello tampoco fraguó. La sucesión de ministros de Sanidad, el enfrentamiento entre este departamento y las autonomías, y esa creciente polarización de la vida pública dieron al traste con la aplicación de las medidas incluidas y el documento pasó al baúl de los recuerdos.
PREGUNTAS CON RESPUESTA
¿Qué médico aventuró en pequeños círculos la lesión de un conocido futbolista meses antes de que se produjera?
¿Qué alto cargo del Ministerio de Sanidad suspira por acompañar a María Neira en la OMS si esta resulta elegida para el cargo?
¿Qué conocido médico va a a escalar posiciones en una Consejería de Sanidad?
¿Qué viejo rockero apartado del foco mediático suena como posible “ministrable” en caso de que el PP llegue al poder?











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