Felicidades, papá, no quiero ser enfermera

por | 20 marzo 2026 | Él cuenta contigo - Alicia Chamorro | 0 Comentarios

Mi padre no quería que estudiara Enfermería. Me acompañó a echar la matrícula de primer año en la facultad sin parar de suplicarme que nos diéramos la vuelta, que lo pensara mejor. Así hasta la misma puerta. En aquel momento me parecía una rareza, casi una traición a la idea romántica de vocación.

¿Cómo podía ser que un enfermero veterano, en vez de orgullo por mi decisión, no hiciera más que tirar a dar con advertencias? Además, creía yo, a la enfermera nunca le faltará un contrato, ¿verdad? Y creía bien: los contaremos a cientos.

Diez años después, lo comprendí en profundidad. Me acordaba de la decisión de no cambiar de idea con cierto arrepentimiento (qué habría sido de mí estudiando ciencias del mar), y con una pátina de vergüenza también. Más tarde entendí que el sentimiento de que algo no está bien en nosotros mismos cuando no queremos ser enfermeros es lo que hace que el sistema aguante. Si nos sentimos culpables por no ser los enfermeros ideales, apasionados y vocacionales que nuestros pacientes necesitan, tenemos que parecerlo, y así es como volvemos mañana, cubrimos turnos sin personal suficiente, lloramos de agotamiento en casa y pasan años.

Y, aun así, me salí. Solo fui una de las primeras en hacerlo. No era un fracaso de vocación, sino un mecanismo de supervivencia.

Mi límite no era la Enfermería: eran las salidas a deshoras, la parálisis al sonar el despertador, las veces que dejaba pasar el metro porque ya me levantaría del banco frío y oxidado para el siguiente tren —si total, a estas horas ya no hay nadie—, los días libres sin salir por descansar, las zapatillas viejas que tienes ganas de cambiar, pero no tanto como para ir de compras al centro —con esta desgana—, los conciertos que te pierdes… y que te toca la noche de Nochebuena otra vez.

Caragamos con la sensación de hacer daño por no llegar. Y es así: haces daño cuando no alivias a tiempo; cuando tardas demasiado en perfundir un analgésico; cuando no te paras tres minutos a la mano de alguien que se está despidiendo de todo; cuando sostienes un modelo que te rompe a ti y a los pacientes. Y cuando sigues aceptando contratos que caducan antes que los yogures de tu nevera vacía. Lo de la duración de los contratos es de una perversidad asombrosa: en España hacen falta 100.000 enfermeras para alcanzar el promedio de la Unión Europea en la ratio por habitantes. Ya no solo tenemos el problema de incorporar, sino el de retener.

Así que eso nos deja turnos sobrecargados, un tiempo a veces ínfimo para cada paciente, y cuentas de diluciones en goteros y balances hídricos a la velocidad de Einstein, sin serlo, obviamente.

Lo que hace veinte años era raro, en 2026 es motivo de estudios y estadísticas: casi el 40% de las enfermeras españolas se plantea abandonar la profesión en la próxima década según la encuesta estatal de 2024 del Ministerio de Sanidad. Sube a seis de cada diez si contamos a las que han pensado en dejarlo, según otra encuesta del Consejo General de Enfermería. Y en estos estudios, un 17% preveía hacerlo en los próximos dos años. Vaya, que si han cumplido sus deseos —y espero que así sea— son compañeras que ya no están. El síndrome de la taquilla vacía no sé si existe, pero propongo estudiarlo. Me pregunto: si la profesión fuera nuestra pareja sentimental, ¿no habríamos tenido ya un montón de buenas amigas diciéndonos lo de “chica, déjalo, date cuenta”? Angustia, frustración, despersonalización, estrés postraumático, burnout… Ante el maltrato, tolerancia cero. Menos en la vocación. Por la vocación, se aguanta lo que haga falta.

Y luego está la huida silenciosa: a otra comunidad, a otro país. Infórmate si lo estás pensando, no seas que te encuentres, como me pasó a mí, que caí en un sistema donde la TCAE no existe, y te aseguro que en mi nómina no se volcaban los sueldos de las dos, pero a mis espaldas sí llevaba ambas funciones. En muchos países de Europa ya llevan con susto las cuentas desde hace mucho antes que nosotros, y su panorama es desolador: la carrera profesional media de una enfermera es de menos de diez años.

Sobrevuelan en mi memoria las frases que les decimos a nuestros pacientes que esperan, ya no tan pacientes, y con razón: “Enseguida llego”, “No me he olvidado de usted, un momentito”, “En cuanto termine aquí, le toca”. Y bastante hacen por colaborar (la mayoría de las veces), porque les duele, porque se sienten mal, porque nos dicen a todos que tenemos la mejor sanidad del mundo y, bueno, para un mundo que está tirando misiles a sus hospitales, pues sí. En el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Hablando de lo humano, en Extremadura, desde donde escribo, las enfermeras están entre las peor pagadas de España.

Y también está la frase que nos dicen los pacientes a nosotras: “Señorita, ¿vendrá usted mañana?” Y entonces, con el cuerpo presente, pero con el alma en excedencia, porque lo que te duele se hace notar: los pies, la espalda, la vejiga porque hace nueve horas que no vas al baño, respondes con una sonrisa sincera que por supuesto, que no se preocupe, que mañana allí estarás para atenderle de nuevo, que es un placer. “No sabe lo que le alegra a uno su presencia, señorita, gracias por su amabilidad”.

Antes, los padres enfermeros callaban sus grietas: ahora, muchos directamente convencen a sus hijas de que este modelo de trabajo se come tu cuerpo y tu vida personal a bocados regulares. ¿Cómo puedes recomendar con entusiasmo un sistema que convierte una vocación de cuidado en un riesgo para la salud mental? El 88% siente agotamiento emocional y menos de un 40% encuentra realización en su trabajo.

Mi padre no estaba en contra de la Enfermería, sino a favor de mi salud; a favor de mi felicidad. Ya no estoy segura de que debamos sentirnos orgullosos de inmolar nuestra vida por la de los demás, al menos, no de esta manera. Pero es lo que decidiste, y lo hiciste de la mejor manera que pudiste. Felicidades a ti, papá.

 

Autor: Alicia Chamorro

Alicia Chamorro García es enfermera. Durante varios años trabajó en el Hospital de oncología de Bruselas, el Institut Jules Bordet. Actualmente investiga sobre el impacto de la ficción en la enfermedad y al final de la vida en cuidados paliativos pediátricos. Fundadora de "Cuéntame algo que me reconforte". #CAQMR

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