La pandemia de covid constituyó un auténtico detonante para la eclosión de enfermedades mentales en la mayor parte del planeta. En el primer año de estallido del virus, los trastornos por ansiedad y depresión de dispararon en torno a un 25%, según las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud (OMS), y también lo hicieron el empeoramiento del sueño entre la población, el consumo desproporcionado de psicofármacos, los comportamientos autolíticos o los trastornos de la conducta alimentaria, entre otros muchos. Lejos de mejorar, la situación ha empeorado desde entonces hasta ahora. Los datos del último informe del Sistema Nacional de Salud (SNS) cifran en alrededor de un 34% el porcentaje de ciudadanos que sufre algún tipo deterioro cognitivo vinculado con la salud mental en nuestro país, mientras se registran alrededor de 4.000 suicidios, a falta de los datos definitivos del Instituto Nacional de Estadística (INE) correspondientes al año 2025, que aún no se encuentran consolidados.
¿Qué razones explican estas fatídicas cifras? El aislamiento pandémico, la incertidumbre sanitaria, social y vital generada entonces, la mayor exigencia laboral y económica que se produjo a partir de 2020, el uso generalizado de las redes sociales, que ha causado estragos entre los más jóvenes… Los factores son múltiples y exigen para combatirlos una acción coordinada en diferentes frentes hasta alcanzar el necesario punto de inflexión. En el lado sanitario, la enfermería puede desempeñar un papel crucial y holístico en materia de salud mental, ya que su labor abarca la promoción, la prevención, el tratamiento y la rehabilitación de los pacientes. Los enfermeros en salud mental son capaces, sin ir más lejos, de ofrecer atención integral, incluyendo la gestión de los medicamentos, el apoyo emocional, la educación al paciente y su familia, y la detección temprana de los riesgos, punto éste en el que resultaría vital una mayor presencia en el sistema formativo.
La educación y la prevención desde las edades más tempranas logran detectar el malestar antes de que se convierta en enfermedad. Esa debe ser una de las bases de la respuesta frente a esta eclosión. ¿Qué hace falta para que se dé esta respuesta coordinada a un problema sanitario de primer orden, del que España no ha podido escapar? Hacen falta recursos y hace falta voluntad política, más allá de declaraciones altisonantes y frases grandilocuentes que, a pesar de su utilidad de cara a la concienciación, terminan evaporándose en el éter mediático. Urge pues una respuesta que implique a varios ministerios y a varias consejerías de todas las autonomías. Urge la pertinente interlocución con los profesionales sanitarios conocedores de estos problemas y urge falta un plan de choque consensuado con medidas de todo tipo que consigne objetivos y los plazos en los que deben ser logrados. De lo contrario, el problema persistirá y se agrandará.
PREGUNTAS CON RESPUESTA
¿Contra qué sanitaria con mucha presencia mediática despotrica la ministra? ¿Por qué?
¿Qué gerentes de hospitales de una provincia del este de España son los que más han sufrido el impacto de la huelga médica? ¿Por qué?
¿Qué laboratorio farmacéutico está imponiendo unos recortes de gasto que han dejado maniatados a sus proveedores?
¿Qué patronal sanitaria anda completamente desnortada y apenas cuenta ya con predicamento entre sus interlocutores obligados?










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