La Agencia Estatal de Salud Pública que estará plenamente operativa durante la próxima legislatura, tras la reciente designación de Zaragoza como sede central, constituye en principio una excelente noticia para el sistema sanitario español. A pesar de las alabanzas públicas que recibía, dicho sistema mostró sus verdaderas costuras durante la pandemia de covid. En un país descentralizado, y con la asistencia y las competencias en Salud Publica transferidas, prácticamente existían 17 modelos diferentes de dar respuesta a las amenazas eventuales para la salud cuando estalló el virus. Como pudo apreciarse entonces, el Ministerio de Sanidad carecía de recursos suficientes para prevención, protección y diagnostico.
El Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias (Ccaes) sufría una falta de personal especializado evidente y la propia estructura de la Dirección General de Salud Pública no estaba preparada para afrontar eventuales episodios críticos como el que sacudió a nuestro país y al mundo entero. Tampoco andaban sobradas las consejerías autonómicas, en donde no había sistemas eficientes de contabilización de casos o de ocupación de camas en tiempo real, ni equipos de protección, antivirales apalabrados o rastreadores. Por no contar, España no contaba con una reserva estratégica de medicamentos o materiales como respiradores o simples mascarillas. El desorden convirtió la respuesta en un caos y la sanidad en una jungla en la que, en lugar de coordinarse, las administraciones se declaraban la guerra por ofrecer mejores cifras en la domesticación de la curva y en la adquisición de productos sanitarios. Tampoco el Consejo Interterritorial resultó especialmente operativo, demostrándose la necesidad de una reforma profunda del máximo órgano de coordinación sanitaria autonómica que, por desgracia, aún no se ha producido.
Sólo la solidaridad entre consejeros y la buena voluntad de los técnicos permitió llegar a acuerdos imprescindibles para mantener la maquinaria en marcha. La futura Agencia Estatal viene a suplir estas carencias, aunque su nacimiento no ha estado exento de obstáculos y retrasos innecesarios. Seis años después de que Salvador Illa, entonces ministro, prometiera su puesta en marcha, está ya a pocos pasos de ver la luz. Como sucede con todo, la letra pequeña de este nuevo órgano determinará si dicha agencia será o no capaz de responder a las expectativas. A día de hoy, esta nueva instancia carece de estatutos y de equipo directivo, y se ignora aún el presupuesto con el que deberá afrontar su trabajo. De nada vale disponer de una fachada si la casa por dentro está vacía. Se ignora también cuáles serán los mecanismos de coordinación con las autonomías y cuál será su relación con los profesionales sanitarios. Un buen modelo sería el de la Organización Nacional de Trasplantes que levantó Rafael Matesanz. Ir en otra dirección abocaría a la agencia al fracaso. Las enfermeras han de ocupar un papel clave en este proceso como agentes de prevención, detección precoz y cuidados ante posibles riesgos.
PREGUNTAS CON RESPUESTA
– ¿De qué jugada que ha hecho el Gobierno en materia sanitaria todavía no se ha enterado el PP?
– ¿Qué presidente de una corporación profesional está sufriendo problemas personales y laborales por sus férreos planteamientos?
– ¿Qué aseguradora sanitaria está en la inopia desde que perdieron peso en ella dos sanitarios históricos?
– ¿En qué Consejería que no es del PP cunde un gran enfado contra la ministra? ¿Por qué?









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