Algo más que conocimientos y habilidades

por | 04 marzo 2019 | Un rincón para la reflexión ética - Rafael Lletget | 0 Comentarios

En nuestra reflexión anterior abríamos un espacio al principio de solidaridad como una realidad presente en la esencia misma de la profesión enfermera. Solidaridad entendida como participación en un destino común. La profundidad de este sentimiento y esta convicción facilita la aparición de esa imprescindible empatía que ha de estar presente en la prestación de cuidados integrales y que, si se ausenta de la práctica enfermera, desdibuja absolutamente la naturaleza de dichos cuidados.

No es posible reconocer en una enfermera, esa dimensión holística si esta no se acompaña de un acercamiento, de una aproximación empática a la realidad del paciente y su familia. Realidad que, casi siempre, está envuelta en experiencias de limitación, finitud y desamparo cuando no de auténtica desolación.

Todo esto se entiende, con seguridad mucho mejor, asumiendo el papel, de nuestra propia condición de pacientes. Porque ciertamente lo somos o lo seremos, lo son o lo serán nuestros padres, nuestros hijos o nuestros nietos. Y, seguramente, es en ese momento de afectación personal cuando, con mayor intensidad, tomamos conciencia del alcance de esos principios y valores humanos que configuran la imagen, no tanto de una buena enfermera como de una “enfermera buena”. Distinción que corre, a mi juicio paralela con la diferencia entre una enfermera/o de calidad y una enfermera/o excelente.

De ahí que, desde una óptica de ética enfermera, el concepto de solidaridad, de destino compartido con el paciente haya de plasmarse en términos de lo que podríamos denominar la vivencia de la “contigüidad”.

El concepto de contigüidad, por el que abogo, alude a atención, sensibilidad por lo humano, cercanía, camino compartido, capacidad de escucha, dialogo, también silencio, mirada enfermera, ternura… y todo esto fragua, o no, a modo de actitud, de actitudes en plural que forman parte de la competencia profesional.

Cuando hoy hablamos de la evaluación de la competencia como mecanismo que genere confianza y seguridad en los pacientes, no solo hacemos referencia a los conocimientos, necesarios y gradualmente crecientes, ni tampoco tan solo a las habilidades que un profesional debe poseer para el mejor ejercicio de su actividad sino también -cómo no- a las actitudes. Y del mismo modo que quien carece o queda desfasado en sus conocimientos y en sus habilidades pierde la competencia necesaria, también resulta incompetente aquel enfermero/a que no es portador de esas actitudes necesarias para cuidar de la salud integral de las personas.

Vivimos en un momento histórico en el que—como nunca— todos y todo nos habla del hombre, de la mujer, del ser humano. Un momento en el que, paradójicamente, como nunca antes, hubo tanto desconocimiento del sentido profundo de lo humano. Las enfermeras y enfermeros tenemos en nuestra mano esa vivencia constante de lo que realmente es importante y debemos saber manejarlo, trasmitirlo y hacer de ello la fuente de confianza y profesionalidad que nuestros pacientes anhelan, reconocen y esperan —no sin razón—obtener de nosotros.

Autor: Rafael Lletget

Tratamos de recuperar la esencia de la perspectiva humanista buscando su lugar en el ámbito de los cuidados enfermeros. El ser humano , más allá de eslóganes y frases oportunistas, constituye el centro de la praxis enfermera.

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