Hace ya algunos años, la profesión enfermera tuvo que plantearse la necesidad de identificar un contenido propio para su disciplina de tal modo que se distinguiera con claridad del campo competencial de otros profesionales sanitarios. Tenía que quedar claro, ya para siempre, que la enfermera no era un técnico ni un ayudante al servicio de otros, sino que era parte integrante de una profesión al servicio de la sociedad. Ni dependía de otros ni, menos aún, debía aspirar a ser una especie de “médico en pequeñito”.

De este modo daba comienzo, una nueva era que estableció su centro de gravedad en el “cuidar”, para distinguirlo claramente del “curar”. Y, por aquella razón —tal vez excesivamente forzada— dejamos inscrito en el frontispicio de nuestra profesión esta idea: “los médicos curan, las enfermeras cuidan”.

Personalmente, me declaro defensor absoluto del concepto de cuidado. Es más, mucho más que un conjunto de conocimientos, habilidades y actitudes creo que es una cultura, un compromiso ético y hasta una “forma de ser”. No encuentro una dimensión más genuina de la solidaridad humana que el cuidar de las personas, el llevar a cabo —profesional, científica y humanamente—, el “in solidum” que se define como el compartir un destino común.

Por eso me preocupan hoy algunos movimientos que, en su noble afán de otorgar más competencias a las enfermeras, transitan por caminos que se dirigen a aumentar su práctica con nuevas funciones que, en lugar de profundizar en la extensa dimensión cuidativa, en lugar de ahondar en el conocimiento del “otro” que dirían Martin Buber y Romano Guardini, se dirigen a asemejarse más a otros profesionales generando, además, innecesarios enfrentamientos interprofesionales.

Creo sinceramente que este asunto no puede ser eludido por la profesión hoy. Si nuestra competencia es impartir, gestionar, enseñar, investigar en el ámbito de los cuidados hagámoslo. Claro que el futuro del Sistema Sanitario se dirige a un nuevo paradigma basado en el cuidar. Por eso ahora aparecen tantas voces que se proclaman cuidadores.

No, no nos engañemos ni unos ni otros. Es un deber ético ser coherentes con lo que somos, con lo que nosotros mismos hemos elegido y por lo que hemos venido luchando muchos durante mucho tiempo.

Los pacientes, verdadero sujeto de nuestro quehacer, confían en enfermeras verdaderamente competentes, que quieran y sepan cuidarles como personas, integralmente, en su plural vertiente física, psíquica, social y espiritual. Responder a ello requiere formación, educación, que no es lo mismo, compromiso y desde luego capacidad crítica frente a todo y frente a todos los que, por una razón u otra, quieren convertir nuestra profesión en una caricatura alejada del verdadero humanismo que está en la base y constituye la esencia de eso que tampoco complace a algunos: nuestra vocación. Para desarrollarla claro que hacen falta todas esas cosas y más. Bienvenidos los nuevos modelos formativos, la formación a lo largo de la vida, la evaluación periódica de nuestra competencia. Todo es necesario, pero…, para eso y sólo para eso, para cuidar de las personas con calidad, seguridad y excelencia. Esta es nuestra seña de identidad y nuestra riqueza como profesión.

Autor: Rafael Lletget

Tratamos de recuperar la esencia de la perspectiva humanista buscando su lugar en el ámbito de los cuidados enfermeros. El ser humano , más allá de eslóganes y frases oportunistas, constituye el centro de la praxis enfermera.

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