Volvemos a retomar nuestra reflexión en torno a los valores y principios que constituyen la esencia fundamental de la profesión enfermera. Ya sabemos que no basta con un buen arsenal de conocimientos y habilidades, sino que, las actitudes configuran ese componente básico de una práctica virtuosa, humanizadora y excelente.

En estos días he escuchado una frase que me ha obligado a reinterpretar mi propio concepto de humanización. ¿Qué sucede cuando es el propio paciente quien afirma que “para quererme ya me quieren en mi casa…?”

Detrás de esta afirmación se trasluce cual es el criterio acerca de en qué consista el proceso de humanización desde la percepción del propio paciente. La empatía, la “contigüidad”, las relaciones interpersonales, la ternura y hasta el más sincero afecto parecen no constituir sus anhelos prioritarios en términos de humanización. Al escuchar ese aserto, pensamos que humanizar puede ser, más bien, un proceso de atención dirigido a aumentar la seguridad, la comodidad, un proceso facilitador que no complique aún más su situación personal en momentos de perdida de la salud o de deterioro de sus condiciones físicas, psíquicas y sociales.

Y esto me lleva a pensar en la necesidad de una nueva traslación del centro de gravedad de nuestra ética profesional, desde la beneficencia hacia la justicia. ¿Cuál es el plus humanizador, si es que existe, que debemos añadir a una atención sanitaria basada en la justicia? ¿Existe un valor añadido, más allá de una correcta prestación de cuidados que cumpliera, si alguna vez se llega a ello, con todos los indicadores de calidad existentes?

El principio de justicia es una condición de posibilidad de todo proceso de humanización de la salud: “no quiero que me quieran”, quiero que me atiendan bien, que me escuchen, que me dejen hablar, que mi tiempo también sea tomado en cuenta, que pueda opinar y decidir, que me presten cuidados antes de que mi problema de salud sea irreparable o que me brinden un diagnóstico y un tratamiento en un tiempo no ya razonable sino moralmente aceptable. Deseo me eviten una burocracia que, más aún a partir de una determinada edad, me resulta imposible de afrontar, que me mantengan dignamente limpio cuando mi dependencia me impide realizar mis autocuidados, que me ayuden a vivir un poco en lugar de amontonarme en una habitación frente a un televisor aunque ni lo escuche ni entienda nada de lo que apenas veo, que mi hijo, mi marido o mi padre puedan descansar mínimamente cada noche que permanecen a mi lado en el hospital.

Quisiera llegar a la oficina de farmacia y que no me hablaran de desabastecimientos por múltiples causas que me resultan ajenas a pesar del repago a que estoy obligado también como pensionista.

Hablar de todo esto es también hablar de ética enfermera porque, sin recursos humanos y/o materiales, sin capacidad de conciliación de nuestras vidas familiares y laborales, sin salarios acordes con la responsabilidad de nuestra actividad, sin facilidades para seguir formándonos a lo largo de la vida, sin afrontar justa y moralmente estos elementos, la humanización no es sino un exponente más de la charlatanería que caracteriza nuestra época.

Autor: Rafael Lletget

Tratamos de recuperar la esencia de la perspectiva humanista buscando su lugar en el ámbito de los cuidados enfermeros. El ser humano , más allá de eslóganes y frases oportunistas, constituye el centro de la praxis enfermera.

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